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un hombre quieto

9 Diciembre 2004

Lo único que yo sabía de Robert Doisneau era que había hecho una foto muy famosa en la que se ve a una pareja besándose en las calles de París; también recordaba haber visto en el periódico alguna polémica surgida por la reivindicación de los derechos de imagen con alguna de sus fotografías, pero incluso esto es algo que no recordaba bien del todo. Así está construida nuestra cultura, sobre sospechas habituales, pequeñas intuiciones y recuerdos fugaces.

Ayer leí una entrevista con Doisneau, incluida en el fantástico, diálogo con la fotografía, de Paul Hill y Thomas Cooper. Fue mi amigo Coco Morales, el fundador y el alma de la Escuela de Fotografía Alternativa de Tenerife el que me lo prestó hace unas semanas. Me estoy cuestionando muchas cosas sobre mi relación con la fotografía y en estos momentos parece que no hay nada mejor que leer a los grandes, intuir durante un instante a los humanos que había detrás de tantas fotografías fundamentales para entender el siglo XX.

La enigmática personalidad de Doisneau me ha causado un hondo impacto, no esperaba sus respuestas, su talante, he decidido reproducir un párrafo de la entrevista:

-¿Qué siente por el cine?

-Prefiero mis vacilaciones, mis pasos en falsos, mis tartamudeos, a una idea preconcebida. Con la fotografía, el tiempo propio no importa. Y el material no significa mucho, aunque hay que decir que las cámaras son caras y también lo es la película. Pero no es lo mismo que la realización cinematográfica, donde apenas se abre el objetivo, vuelan enormes sumas de dinero.

No tengo tanta seguridad en mí mismo. Comienzo con un asunto. Espero hasta el momento en que me llena de maravilla. O espero alguna suerte de milagro que siempre habrá de ocurrir. Pero sólo es necesario esperar. Cuando estoy en un mismo sitio durante tres horas, me suceden montones de cosas. Un hombre que se queda quieto en una ciudad donde todo lo demás se mueve, termina por ser una atracción al cabo de un tiempo. La gente se me acerca y me pregunta las cosas más desconcertantes. Una persona pide un destornillador, otra pregunta la mejor forma de llegar hasta la Porte de Clignancourt, que es un suburbio de París. Me toman por un espía. Así es. La persona que se está quieta no es un contemporáneo.

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